viernes, 3 de febrero de 2012

Críticas




Diario de una Heroína
Por Rodolfo Weisskirch (A Sala Llena)

En el año 2003, salió publicada la novela “La Polaca” de la guionista y dramaturga Myrtha Shalom. La misma, relata en forma amena pero cruda, la vida de Raquel Liberman, también conocida como “la polaca”. Inmigrante polaco - judía que vino en barco a Buenos Aires, a principios del siglo XX con sus dos pequeños hijos, donde su esposo, tenía un trabajo estable. Tras la miseria de Europa de post guerra, Buenos Aires, era un destino soñado. Sin embargo, ante su repentino fallecimiento, Raquel, pretende trabajar de costurera para solventar económicamente a su familia. Su cuñada le prometió un trabajo en un lugar seguro. No fue así. Raquel terminó siendo esclavizada por la organización judía Zwi Migdal, donde fue sometida a ejercer la prostitución dentro del barrio del Once.

El impacto de la novela de Shalom, basada completamente en hechos reales fue instantáneo, lo que provocó un gran éxito de ventas, y que se empezara a develar la mafia relacionada con la trata de blancas que funcionaba en Buenos Aires desde el año 10 hasta mediados de los ’30.

Raquel sobrevivió más de 10 años en dicho prostíbulo hasta que pudo comprar su propia libertad y denunciar a los organizadores y clientes de Zwi Migdal.

La historia de “La Polaca” tuvo un intento de ser llevada al cine por Daniel Burman, pero seguramente debido al despliegue de producción y connotaciones políticas, tuvo que ser pospuesto el proyecto. Ahora la propia Shalom, acompañada por el director Rovito y la actriz Mariel Rosciano,(Por su Culpa) llevan adelante este intenso unipersonal en el escenario que revive en forma muy inteligente la vida de Raquel Liberman.

Rosciano esquiva el lugar común de representar la imagen que se tiene del inmigrante judío de principios del siglo XX, evitando los estereotipos prejuiciosos y clisés. Su performance es realmente impactante, más cercana a la mujer contemporánea.

La pasión, los sueños y el amor de una mujer que lo único que deseaba era tener una vida tranquila en Buenos Aires con su familia. A partir del momento es que se desata el secuestro, a partir de una opresiva escena de violación, Rosciano conmueve usando como únicas herramientas, su cuerpo y su expresión facial.

Una cama, un espejo sin vidrio (o sin reflejo) y una silla son su única compañía en el escenario. El vestuario ayuda a componer el mundo de Raquel, al igual que sábanas y una red que simbolizan las cadenas del prostíbulo. El resto del mundo está construido a través de una soberbia banda sonora, y una escencial puesta lumínica.

A pesar de ser un unipersonal, Rosciano no apela al monólogo sino a la actuación misma. O sea, no se trata de un discurso, de un relato directo, sino de un trabajo en donde conviven la expresión corporal, la coreografía y el texto.

El mismo no da todo en bandeja, hay escenas que el espectador debe reconstruir en su mente, reflexionar y recrear.

La sólidez del trabajo de la protagonista es el motor de la obra por supuesto, y termina siendo verdaderamente un tour de force. Es exhausto y psicológicamente absorvente. Al terminar la obra, dan ganas de leer la novela, se los puedo asegurar.

Pero la meta de la obra no se limita en mostrar un hecho del pasado, sino la relevancia de las acciones de Raquel. Ella superó los miedos, fue valiente y se impuso ante una sociedad misógina y violenta contra la femeneidad. Antes de Eva Perón, Raquel surgió como una luchadora de los derechos de la mujer sin proponérselo y con la única meta de reencontrarse con sus hijos.

La trascendencia de la denuncia de Raquel, debería ser impulsora para que otras mujeres se levanten contra la opresión de los tratantes de blancas y para que los gobiernos tomen conciencia de que se deben cerrar definitivamente los prostíbulos de ciudades y pueblos, que traen mujeres engañadas del interior del país o de ciudades limítrofes, obligándolas a explotar su sexualidad.

En Nombre de Raquel es una obra importante, cruda, directa, impactante y emocionante. De visión obligatoria.


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Con una puesta en escena minimalista, la profunda pieza de Mariel Rosciano interpreta una historia de silencios, engaños, drama e impunidad. La obra, basada en la novela La Polaca de Myrtha Schalom, rescata la historia de Raquel Liberman, una inmigrante sometida al comercio sexual, amparado siempre por una extensa red de complicidades políticas y sociales.


Por Esteban Vera


Buenos Aires, enero 18 (Agencia NAN-2012).- Recientemente, una denuncia sobre tráfico de mujeres parece haber puesto al descubierto a una organización y a su red de impunidad. Días atrás, la hija de un ex oficial de la Secretaría de Inteligencia del Estado denunció que su padre, Raúl Martins, es el cabecilla de una red de trata de mujeres. Según contó, el ex espía engañaba a jóvenes, incluso a adolescentes, prometiéndoles puestos de recepcionista o de modelo en México, y una vez en tierras aztecas les retenía el pasaporte y las enviaba a prostíbulos. La maniobra, supuestamente, tiene mecanismos similares en Argentina: Martins es el dueño de siete burdeles en la Ciudad de Buenos Aires y de uno en la turística Cancún, The One, visitado en su luna de miel por el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, junto con su esposa, Juliana Awada. La historia sórdida de la infame Zwi Migdal, una red internacional de trata de mujeres fundada en Avellaneda por judíos polacos a principios del siglo pasado repudiados por la colectividad judía, repite el mecanismo. Es que estás historias, son las historias de silencios, apatía e impunidad, que la obra En el nombre Raquel, retrata. La actriz y guionista Mariel Rosciano interpreta una historia no muy distinta, la tragedia de una “polaquita importada” con engaños, en un unipersonal, con dosis desproporcionadas de drama, conmoción y provocación.

La pieza es una versión libre de la novela La polaca, de Myrtha Schalom, que encarna la historia de Raquel Liberman, una inmigrante polaca sometida al comercio sexual, la única que pudo y se atrevió a romper el círculo de silencio de los rufianes. A través de la obra, Rosciano retrata los padecimientos, sufrimientos e ilusiones de la “polaquita”. Pero también, la intrincada red de prostitución armada por la Zwi Migdal.

La performance de Rosciano se detiene minuciosamente en el apocalipsis de violencia, humillación, degradación, e incluso amputación de sueños de Raquel. Lo hace a través de instantáneas de su vida, como su llegada al país con sus dos pequeños niños, José y Moisés, y la esperanza una vida nueva y próspera, o cuando es encerrada en un burdel bajo la custodia de una madama. O cuando logra huir, pero por segunda vez es seducida y luego engañada por un rufián, su marido, y termina nuevamente sometida a la esclavitud en un prostíbulo, ahora con sueños quebrados, convertidos en polvo. O cuando denuncia a la Zwi Migdal, pero los pingües negocios de la organización garantizan la impunidad de los cientos de proxenetas de la red. Y lo hace con la intención de lograr un efecto “in crescendo dramático”.

Sin embargo, la escena detonante de la obra, de 60 minutos, ocurre cuando Raquel es encerrada en un burdel y luego es violada por una docena de hombres. Y luego, la mujer termina explotada, pero con la ilusión de “comprar” su libertad. En fin, en el cuerpo de la protagonista, Rosciano es creíble, sincera, y las intenciones de la pieza, meritorias.

Así, cada lunes, a las 21, en la sala del Teatro Sha (Sarmiento 2255), la actriz se pone en la piel de Raquel, y su interpretación funciona como una herramienta para denunciar que casi un siglo la impunidad continúa. Con un escenario minimalista --una cama, un espejo falso y unas telas-- y con mínima escenografías y cambios de vestuario, lo que sobresale son las palabras, entonaciones y gesticulaciones desmedidas de Rosciano. A ello se suman la acertada iluminación y musicalización.

Los hechos reales sucedieron entre 1916 y 1930, hace más de 80 años, pero gracias a esta obra vuelven a la superficie, y contribuye a reflexionar sobre la explotación sexual, indiferente para la sociedad. Con ese afán, tras el final, como un epilogo, se escuchan, a oscuras y en off, las voces de jóvenes y niñas rescatadas de las redes de trata de personas para remarcar que la historia persiste fuera de la sala, en algunos de los “privados” anunciados en los volantes que empapelan la calle Corrientes.

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Por Azucena Joffe - M. de los Angeles Sanz (Luna Teatral)


En el nombre de Raquel es una textualidad dramática que se cruza con la historia pasada y presente, que atraviesa la adaptación de un género otro, la novela, La polaca de Myrtha Schalom y surge en la puesta cargada de una densidad de espesor sígnico que trasciende la caja a la italiana para construir un clima de tensión que mantiene al espectador suspendido en la inmediatez de lo sucedido en escena, pero sin poder sustraerse a un afuera que nos golpea a todos como sociedad. La novela de Myrtha Schalom narra en la figura de Raquel la travesía de vida de miles de mujeres que traídas de tierras europeas1, engañadas con trabajos rentables que las sacarían a ellas y a sus familias de la miseria, con falsos matrimonios con quienes luego serían sus proxenetas2, sufrían el horror de una esclavitud donde el cuerpo era la única herramienta hasta el agotamiento. Las mujeres que ajaban su belleza ante el despropósito de un trabajo sin tregua, si no morían eran enviadas al sur, a prostíbulos cada vez menos decorosos, con clientes menos exigentes. Hoy como ayer el horror subsiste, la trata de blancas, así llamada desde entonces porque ese era el color de piel de la mayoría de aquellas desdichadas, y para diferenciarla de la otra esclavitud supuestamente abolida, la de la negritud; es una realidad que nos golpea con su horror de miseria y crimen. Como afirman Las Juanas de Rosario, grupo de mujeres que reflexionan sobre la explotación sexual de las mujeres, y que denuncian a través del arte y en el espacio de la calle, la trama de la trata de blancas:
Son seiscientas. Seiscientas mujeres jóvenes en su gran mayoría pobres: son las que según la Organización Internacional para las migraciones (OIM) fueron capturadas, seducidas, doblegadas y obligadas a integrar las redes de explotación sexual en nuestro país. Para que quede más claro: son “ablandadas” por el hambre para que ejerzan la prostitución y luego trasladadas a diferentes locales de todo el país, sin otra opción que esta forma de esclavitud. (14) (…) Queremos que sea un cuestionamiento social, arraigado en el barrio donde están estos locales, que ellos interpelen al Estado por permitir la proliferación de estos lugares.

El uso de Presencias, siluetas que recuerdan a las de tamaño natural que fueron utilizados en El Siluetazo2a en los ochenta para recordar a los desaparecidos, es una de las formas que el grupo lleva adelante para su propósito de concientización. Hoy como ayer, las razones perverso /económicas son las mismas, aunque sus protagonistas difieran, en color de piel y lugar de origen. La prostitución en Buenos Aires fue legal hasta 1936, y la red que se tejía entre la policía, los médicos y el gobierno Municipal era difícil de romper para las mujeres que se veían atrapadas por la misma ley que debía protegerlas. La organización de judíos / polacos, denunciada por Raquel, La Tzwi Migdal, no era la única, si tal vez, la más conocida y más combatida porque su rechazo surgía de la misma colectividad, la JAPGW en Buenos Aires3. La puesta transcurre en un ritmo dividido en dos tiempos que muestra el antes y el después de la llegada de la futura “Raquel” al espacio de la ciudad de Buenos Aires. Su estadía junto a su marido en Tapalqué, su viudez, y la memoria de una tarjeta entregada en el barco por un comerciante de telas, un paisano, que puede ofrecer una salida laboral a su magra condición, son el detonante para que el personaje se vea envuelto en una trampa inesperada. El segundo tempo está dado por el momento de la violación, en cuerpo y alma, desde allí el crescendo del drama seguirá sin pausa hasta el fin de la historia pasada, y el hoy en las voces en off. Si en la realidad Raquel Liberman luchó con todas sus fuerzas por una vida que no eligió, Mariel Rosciano desde la ficción crea ese asfixiante clima de tensión, de injusticias y de broncas, que produce en el espectador un antes y un después de ver la puesta en escena. El espesor del signo teatral esta atravesado por distintos niveles, el espacio y el tiempo se dilatan y se contraen. Con profesionalismo la actriz se desplaza como en los círculos dantescos sin la posibilidad de acceder al paraíso, entre Varsovia y Buenos Aires, entre la ingenuidad y la locura, entre la maternidad y la prostitución. En el espacio virtual representado algunos pocos elementos funcionales para las distintas escenas: en el barco y todas las ilusiones, la humilde casita y la enfermedad de su marido, el falso taller de costura, el prostíbulo, la pensión,... La intensidad del lenguaje verbal y del lenguaje corporal hace de este unipersonal un hecho teatral donde la ficción supera la realidad, los personajes evocados por Raquel toman cuerpo en nuestra imaginación de tal forma que es imposible evitar la identificación espectatorial. Porque el camino que transitamos no tiene arabescos, sino que es directo, crudo y sin un prisma que pueda descomponer la verdad como la luz en los colores del arco iris. El caudal expresivo de Mariel - en cada gesto, en cada palabra, en cada movimiento- es el articulador vital que establece “un dialogo tónico” con el espectador, tanto cuando acuna a su bebe como cuando es ultrajada sin piedad. Si la iluminación y la música como sistemas significantes participan plenamente en la construcción de sentido, al finalizar y con la Sala casi a oscuras las voces en off, a modo de la coda musical, tienen la fuerza eficaz para llevarnos de un hecho particular (la vivencia de Raquel Liberman a principios del siglo XX) a lo universal (la trata de personas en la actualidad, en nuestro siglo XXI). Texto literario y el texto espectáculo se han fusionado sin fisuras, vida y teatro, gracias a Myrtha Shalom y Mariel Rosciano, y al talento de su director Gabriel Rovito junto a todo el grupo de profesionales. A salir de la Sala teatral la toma de conciencia ante esta denuncia real ya no nos abandonará y ojalá sirva para aportar nuestro granito de arena ante este delito de carácter global.

El espacio del SHA (Sociedad Hebraica Argentina) cierra el paradigma de la representación, una sala con amplia trayectoria en la cultura de la ciudad, fundado en 1968 y que luego de muchos años vuelve desde el año pasado (2011) a ofrecer sus salas para continuar con una labor interrumpida4. Todo converge a producir una semántica que se resignifica en cada elemento y que deja al espectador envuelto en su círculo de denuncia.



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Por Meche Martinez

Inspiro profundo para empezar esta devolución y me sucedió todo el tiempo en que trascurrió la obra… en especial, porque la actualidad en la temática de esta pieza teatral, recordando esa hija coraje que se animó a denunciar a su propio padre, proxeneta amparado enla CIA, hizo que mi sensibilidad se intensifique ante la excelente interpretación y composición de Mariel Rosciano, en el rol de “La polaca”, una simple mujer que intentando trabajar terminó en un prostíbulo de la calle Valentín Gómez.

Es como muy fuerte y muy determinante la mirada masculina que hizo su director (Gabriel Rovito) para expresar en imágenes temerosas, sensitivas y hasta oscuras, aquella vida mancillada, como tantas otras que conocemos y desconocemos, cuando caen en esos sitios visitados por clientes que, jamás preguntan nada y ni siquiera se animan a mirarlas a los ojos.

Lo cierto es que Rosciano compone una mujer que intenta encontrarle un sentido a ese momento desgraciado de su ser mujer y a la vez, inserta una esperanza enorme cuando logra escapar y denuncia ante la justicia a los proxenetas que la tuvieron cautiva.

Basada en la novela “La polaca” de Mytha Schalom y una adaptación maravillosa de la misma autora y la protagonista, esta historia se recrea en el escenario del Teatro del Sha, con una simplísima y bella escenografía de Bárbara Alperowicz, perfectamente iluminado por Rovito. El equipo completo ha logrado una cantidad de climas y momentos tan crueles como emotivos. Una obra dura pero necesaria de ver, quizá para dejar de ser espectadores de esta historia y tomar un compromiso real siendo protagonistas activos. ¡Muy recomendable! ¡Dignificante! (Meche Martínez)

Inspirada en la novela ¨La Polaca¨ de Myrtha Schalom, que relata la historia de Raquel Liberman, una inmigrante judía polaca que obtuvo notoriedad por haberse atrevido a denunciar antela Justiciaen1929, ala sociedad de proxenetas Zwi Migdal. La versión teatral pretende mostrar instantáneas de su heroíca y breve vida en nuestro país a comienzos del siglo XX que, sin alteraciones, replican y padecen mujeres en situación de prostitución aún en el siglo XXI. Nuestra intención es enlazar aquel hito histórico, jurídico y social con la lucha que se da hoy en día contra las redes de trata de personas.


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Por Martha Wolff (transcripcción de la nota que hizo la periodista)

La responsabilidad del actor o la actriz al interpretar un texto
literario es un desafío.
La versión libre de una novela trasladada a un unipersonal no debe cambiar el espíritu de la obra original y en este caso, se ha logrado.
“En el nombre de Raquel”, interpretado por Mariel Rosciano inspirado en el libro “La Polaca” de Myrtha Schalom, es una fiel manera de presentar el drama de Raquel Liberman; judía polaca, engañada, esclavizada y prostituida a principios del siglo XX, rehén de lo que fue la Zwi Migdal, organización de “trata de blancas” integrado por proxenetas de su mismo origen. La actriz, es aquella voz y aquel cuerpo que se descarna de dolor y coraje en la prisión real del burdel, pero también es la mujer que preserva los recuerdos felices: la efímera vida de casada, sus hijos y la que se permite soñar con la libertad.
Con una puesta en escena impecable al servicio de la dramaturgia de Myrtha Schalom y Mariel Rosciano, el director Gabriel Rovito, marca sobre el cuerpo de la protagonista la usurpación de su identidad en los reiterados ultrajes y violaciones a la que es sometida. Ese cuerpo transgredido se desgarra yendo y viniendo sobre el reducido espacio para denunciar el sometimiento y expresa su rebeldía cuando dice: “Yo no elegí esta vida”. Un acierto también el dibujo que proyectan las luces para sostener los cambios de tiempo y espacios, amén de enmarcar los cambiantes estados de ánimo del personaje.
La minimalista escenografía de Bárbara Alperowicz utiliza cada recurso para expresar situaciones puntuales que subrayan el argumento desde el inicio hasta el final. La cama de hospital es una metáfora. Es a la vez el rectángulo del acoso, el refugio de su maternidad, de su reposo y de su anhelo de volver a amar. Esa alegoría se repite en el móvil que cuelga sobre ella con camas y cunitas que se balancean y son las de esas o tras mujeres que, como Raquel Liberman, padecen bajo el mismo techo el pasaporte al infierno de la explotación sexual.
La banda sonora de José Mediavilla fluye acompañando con fidelidad la epopeya de Raquel: tradición, desarraigo, esclavitud, enamoramiento, desilusión, perseverancia.
Mas allá de la intención artística, “En el nombre de Raquel” es un llamado de atención a la sociedad. Cuando las luces se apagan, suben las voces en off de mujeres que fueron secuestradas para ser explotadas y pudieron escapar y la de las que buscan a sus hijas que testimonian y reclaman Justicia. Una advertencia para que nadie mire para otro lado.


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Romina Grosso de Agencia Telam


"En el nombre de Raquel", unipersonal encarado por Mariel Rosciano, es una pieza directa y dramática que, basada en la novela "La polaca", de Myrtha Schaldom, recrea la historia de Raquel Liberman, una inmigrante sometida al comercio sexual que en 1929 se atrevió a denunciar a la red internacional de trata de mujeres Zwi Migdal, fundada en la Argentina por judíos polacos.

En el marco de una puesta austera -que se presenta los lunes a las 21 en el Teatro Sha (Sarmiento 2255)-, la actriz se sume en la dura existencia de Raquel y le pone el cuerpo a una historia violenta, de explotación y sueños rotos, que sigue vigente tras casi un siglo de impunidad.

Con la intención de poner sobre el tapete un tema que sigue aquejando a mujeres en situación de prostitución en la actualidad, la obra -dirigida por Gabriel Rovito- acerca al espectador a la lucha contra la trata de personas a partir de un relato verídico que en una hora sintetiza el drama de una mujer que llega al país con sus dos pequeños hijos y la esperanza de comenzar una nueva vida, pero termina encerrada en un burdel.

Una cama, telas, un espejo y varios cambios de vestuario son los elementos que le bastan a Rosciano para hacer creíble una historia que a medida que transcurre el tiempo se vuelve cada vez más intensa y dramática y que alcanza su pico cuando Raquel es violada por una horda de 12 hombres.

La actriz, quien asumió la adaptación junto a la misma Myrtha Schalom, se desenvuelve con soltura capitalizando cada rincón del escenario: huye del prostíbulo, vuelve a ser engañada por su marido para volver a terminar como esclava en un burdel, denuncia a la red Zwi Migdal, y aunque no logra desbaratar la organización de cientos de proxenetas, sueña con comprar su libertad.

El trabajo de iluminación, la música, los bruscos movimientos corporales, el énfasis puesto en cada palabra y la acentuación de los gestos aportan lo suyo para construir una pieza cargada de crudeza que sin embargo logra -tal vez sin proponérselo- tomar cierta distancia con el público, que puede comprometerse sin llegar necesariamente a la emoción.

Aunque la trama de "La polaca" transcurre hace más de ocho décadas, "En el nombre de Raquel" busca enlazar el pasado con el presente, intención que queda aún más en evidencia hacia el final, cuando el director utiliza como recurso voces en off de jóvenes que en su momento fueron víctimas de la explotación y sometidas al comercio sexual.

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Por Rita Kall

Maravillosa actuacion y dirección.
Un párrafo aparte merece la puesta de luces que da clima a cada situación.
Excelente adaptación dramática.
La temática nos situa en los años '30, pero todavia hoy tenemos que lamentar que siga sucediendo. La trata de mujeres.

Sra./Sr., le aconsejo que no deje de verla. Para pensar, para emocionarse hasta las lágrimas, llena de ternura

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Presentación Digital para Prensa

Nos acompañaron en la gira por Costa Rica...

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